MARINA MOSENKIS - SAXOFONISTA

Solemos validar al otro con el parámetro de con quién estudió, con quién tocó. Pocas veces lo hacemos sólo con el propio oido, la propia percepción del otro. En este sentido me he preguntado el para qué de un "currículum" ¿no basta con mi música para hablar de mi? Quizas no...

Terminé pensándolo como un modo de agradecer a quienes me han criado y acompañado en este camino. En este recorrido me referiré a los aciertos (musicales y familiares) y omitiré malas experiencias. Estudié con más músicos de los que aquí figuran y prefiero ni nombrarlos, pues si lo hiciera, contaría anécdotas no muy felices
Entonces aquíi va mi historia, con omisiones, como toda historia.

En mis comienzos musicales tuve suerte:
A los cuatro años mi madre tuvo la feliz intuición de inscribirme en el Collegium Músicum, por aquellos tiempos una de las mejores instituciones donde un niño podría aprender música académica. Toqué muchos instrumentos, canté en coro, bailé, leí y escribí como aquellos músicos propiciaban, jugando. Concurrí hasta la adolescencia. También tomé clases particulares con Margarita de Larrocha, quien fue la primer maestra en revelarme el mundo expresivo oculto en una partitura. Luego conocí a Pepa Vivanco, la primera en enseñarme que también habia un mundo sonoro sin leer: "cerrá los ojos" me dijo, e improvisé por primera vez (con Pepa no aprendí sólo música, también me mostró una escala de valores, una ética para mi desconocida, que aun me acompaña).

En el momento en que los chicos deciden qué quieren ser cuando sean grandes, apoyada por mi familia (sin apoyo familiar la vida de un músico puede ser un tormento) elegí la música. Tomé la desición de empezar a estudiar "en serio" (¡Como si las experiencias vividas hasta ahí no fueran a ser de lo más serio que habría de pasarme!) y sobreviví a varios años de enseñanza académica. Conservatorio Nacional, flauta traversa, mucho solfeo (que hoy agradezco...) audioperceptiva con Silvia Malbrán, piano (y contención afectiva) con Rosa Tcach, Facultad de Bellas Artes de La Plata, corales, armonía, clases con Gustavo Samela, un grupo de música antigua que dirigía Mario Carpinetti que me fascinaba, iba y venía, buscaba algo que se me habia ido ¿Siempre hay que leer?
Buscando improvisar ingresé a la EMPA. Lo mejor que encontré allí fue un cambio de instrumento: la flauta - gracias al consejo genial de quien en ese momento era mi maestra particular, la generosísima Diana Coifman - devino en clarinete. Mis primeros aprendizajes fueron con los pacientes Gustavo Hunt y Daniel Kovacich.

Me topé con el saxofón "de grande", mas que nada impulsada por la salida laboral, ya que empe- zaba a ganar dinero tocando músicas ajenas.

Estudié técnica con Alejandro González (yo no tenía lo que se dice facilidad, ni física ni emocional, mas una ansiedad que se me iba agolpando ¡hizo un milagro conmigo!), improvisación con Carlos Lastra, entré a la Escuela de Música del SAdeM, Victor Scorupsky me puso a leer cantidades industriales de articulación jazzistica.
Estudié con Juan Pablo Compaired, con quien, además de encontrar otro sonido, logré por fin hacerme a la idea de qué significaba "armonia funcional". El usaba el maravilloso método de componer una canción por clase, usando la función tonal aprendida. Entonces, compuse...

En esa época Luis Salinas tocaba los domingos en un bar, Oliverio, un sótano en la calle Paraná. Luego de sus conciertos había jam y allá iba, al terminar uno de mis trabajos como sesionista. Salinas fue el primero en hablarme de tener una voz propia, de que trabajar tocando podía ser una transición pero no un fin en sí mismo, me alentó a tocar "mi" música. Mucho de lo que hoy toco es gracias a él, a aquellas charlas, que despertaron a la que de chica tocaba porque si, porque la música es un lenguaje expresivo único y profundo, inevitable.
A través de la vibración del saxofón, encontré mi voz.

Empecé tocando blues en "El Cartel de Buenos Aires" y rock en "El Mono Loco".
También comencé a observar, en medio de tanto jaleo, que mi técnica era limitada, habia pasajes que no podía resolver, las grabaciones me devolvían mucha expresividad pero también desafinación y articulaciónes poco elegantes.
Paré de tocar en vivo un rato (un par de años, nada grave) y estudié con Maria Noel Luzardo.
A partir de aquí cambió mi relación con el instrumento. María -combinando observación minuciosa, humor, sentido práctico, humildad y una enorme sensibilidad- fue quien me reveló el origen de la mayoría de los conceptos técnicos, poniéndolos siempre al servicio de la expresividad. (Parece que se puede ser expresivo, casi afinado y no perder la articulación...)

Al salir de este "internado" unas clases de arreglos con Alejandro Terán me llenaron de confianza en mí misma y junto a Damian Rovner, trompetista y compañero de clase, armé Flunk! el primer grupo donde llevaba canciones propias, parientes cercanos del funk.

Pero me faltaba algo. El jazz, esa música compleja que me conmovía y a la vez me resultaba intelectualmente inabordable.
En Flunk! tocaba un guitarrista, Javier Baldino. Con Dan Zlotnik (saxofonista tenor del grupo) lo admirábamos por, entre otros dones, su manejo de los cambios de escalas sin perder la espontaneidad. En una charla telefónica memorable Baldino me dijo "si querés tocar jazz empezá por Charlie Parker y en cinco años ves la luz".
Un consejo temerario.

Con Dan estudiamos juntos armonía, arpegios, escalas, los primeros stándars, dos años de varias horas diarias siguiendo un plan inventado por nosotros que fue la base de todo lo que vino después.
Estudié un tiempo con Ricardo Cavalli. También tomé clases de ensamble en la Escuela de Alejandro Moro, muy instructivas acerca de códigos tradicionales que conocía a medias.

Feliz (¡Toco jazz!) empecé a tocar stándars con otros músicos pero a la vez sentía, en ensayos y sobre el escenario, que no podía tocar ni un décimo de la información teórica que habia en mis papeles y eso comenzó a desesperarme: en el momento de tocar sólo me torturaba con lo que NO estaba tocando... fea sensación.
Volví a parar, un rato.

Sobrevino una época autodidacta. Si está todo en los discos, me dije.
Con Alejandro Spinelli, compañero de búsquedas personales y musicales, fundamos Karaboo, que empezó siendo el grupo donde comenzamos a probar, componer, arreglar nustros temas. Se sucedieron varias formaciones, sonoridades, estéticas, grabación de disco y prueba de diversos ámbitos del jazz local.

En el año 2006 volví a sentir la necesidad de incorporar lenguaje. Tomé clases de composición con la hermosa, profunda, contenedora y sabia Laura Baade, que me reconcilió con la simultaneidad de notas. (Lo bueno fue sentir que la armonía no es el-acorde-correcto-para-la-escala-correcta sino otro canal expresivo. Lo malo es que no se si podré estudiar armonía con alguien mas...)
Entre el 2008 y el 2011 cursé la Tecnicatura de Jazz del Conservatorio Manuel de Falla. Allí tuve mis buenas dósis de exigencia, empequeñecimiento del ego y disciplina estudiando improvisación con Ernesto Jodos (su atenta escucha y la profundidad de su devolución ameritaron el esfuerzo) y muy enriquecedoras prácticas de ensamble con Enrique Norris.
También conocí a Hernán Samá. Guiados por él (¡yo no tenia idea!) comenzamos a explorar las estructuras, texturas, las inmensas posibilidades sonoras del free jazz. La investigación una vez mas devino en proyecto: Rabdomante -el que encuentra manantiales debajo de la tierra-.

Entre los años 2013 y 2014 compuse y grabé mi primer proyecto solista: Música de los tiempos frios. Parte de esta música fue estrenada por la cátedra de saxofón del Conservatorio Manuel de Falla. Aquí puede escucharse la obra completa.

A todo esto, actualmente sumo clases de piano con el genio absoluto de Adrián Mastrocola.